Entre la abstracción y el retrato revisitado

 

Viajamos a través de una obra de arte. Sentimos, experimentamos, reflexionamos, nos emocionamos. Todo eso porque el arte es un camino. Porque una pintura, un retrato, una escultura, siempre nos hacen llegar a algún lugar, ya sea la China, el pasado, un mundo que aún no existe o la salida más próxima a la calle.

Arte es camino.

Nos aproximamos a la muestra de pinturas de Pati Fernández para transitar por el camino que eligió esta artista, que parte de géneros clásicos.

El retrato y las naturalezas muertas, representadas aquí de una forma más general, por lo que comúnmente llamamos “cosas”.

Una silla es una cosa. Y un zapato, y un televisor. Una nube, una hoja. Todo el mundo es una cosa, escribió Kant. Todo lo que de algún modo existe es una cosa. Inclusive lo que no se ve. “Cosa” es todo lo que no es nada. Y aunque todo sea una cosa, inclusive la vida (y la muerte), para alguna filosofía solamente el ser humano no es una cosa: es lo contrario de la cosa.

Aquí la cosa es el objeto del cual el sujeto es la figura humana. En esa perspectiva, la figura humana interrumpe el gran continuum que es el mundo de las cosas.

 

En varias de las obras de Pati Fernández que vemos en esta muestra, la artista nos muestra su nuevo camino de investigación. Nos encontramos frente a un paisaje hecho de cosas y de la figura humana, tornándose (o mejor dicho, volviendo a ser) una unidad. Esta forma de “naturaleza muerta” nos hace, como propuso Robert Storr como lema de la Bienal de Venecia del 2007, “pensar con los sentidos y sentir con la mente”. ¿Cuáles son las propiedades de ese ojo de la cerradura, de esa cámara? ¿Qué nos dicen esas estructura geométricas que irrumpen entre las figuras? Puedo no saber decirlas con palabras individuales, analíticas, sin embargo viéndolas en el cuadro mi mente “siente” ese significado y mis sentidos “comprenden” ese significado.

 

Para una artista del siglo XXI ocupada y preocupada por la realidad que le toca vivir, la naturaleza, ese paisaje que nos cuenta una historia, no es ya el árbol, el estanque o el pez, sino que son los objetos cotidianos, la geometría –invento del hombre-  o las “cosas” de este mundo que despiertan su interés; son paisajes culturales donde los estas creaciones del hombre nos resultan más fáciles de identificar, apreender y nos maravillamos en este caso ante los ritmos geométricos que nos son tan cercanos a la contemporaneidad.

Pero también en estas obras de Fernández, encontramos a la figura humana, que le sirve para provocar identificación con el observador (como en el cine, en relación al héroe principal o a sus colaboradores) y empatía, que le permite experimentar sensaciones y emociones que podrían tener las figuras pintadas –muchas veces mirando, y sintiendo, cosas que el observador de la tela no puede ver- . En ese caso, las figuras pintadas son de cierta manera, representantes del observador que lo invitan a penetrar en la escena. Y, como en toda su obra, no es cualquier figura humana la que aparece representada, sino partes del rostro y el cuerpo de un ícono que marca a esta artista, la figura de Carlota Ferreira tomada directamente del cuadro de Blanes.

Nos sitúa así en un lugar, el Uruguay, y en un tiempo, el de la mujer con corset, el de la mujer “gordita” como ícono de belleza, voluptuosidad y seducción, la mujer con toda su ambigüedad entre belleza y fealdad. Pero tampoco es necesario conocer el cuadro de Blanes y la historia de Carlota para apreciar más o comprender mejor la obra. Esa mujer, o mejor, esas partes de mujer, son todas las mujeres, de antes y de ahora, LA mujer sensual que impone su presencia, marca una diferencia en cualquier tiempo y en cualquier lugar. La estilización y los colores que toma su rostro, su cuello, su vestido, sus guantes, todo la hace estar en el presente; su forma, su peinado,  la dejan en el pasado. Todas tenemos o queremos tener algo de Carlota.

 

Esta mujer, o mejor dicho su silueta o su sombra, está ahora rodeada de símbolos para decodificar, en una estructura con vertiginosas y filosas diagonales que la interpelan. Todo es vibrante en distintos planos de color impactantes y de estudiada factura.

 

Una pintura para ser vista sin prisa (como ninguna debe ser vista), que cuenta problemas y deseos que deberán ser desentrañados por el espectador.

 

Mercedes Sader